El juego empieza. Estamos en la alta edad media. Hay varias civilizaciones. Cada una tiene sus fortalezas y sus debilidades. También sus cualidades únicas. Pero en este juego hay características muy particulares. Por ejemplo, ninguna civilización tiene aliados. Y hay algunas civilizaciones que nunca serán enemigas entre ellas. Los enemigos son elegidos y las guerras se pelean en un uno contra uno solamente. Parece ser que es por una cuestión de honor y de llevarse todo el crédito de la eventual victoria.
Ahora bien, las civilizaciones empiezan débiles. No tienen sus poderes desarrollados, ni conocen el mapa, y mucho menos a las otras civilizaciones. No saben siquiera dónde tienen su base los demás, ya que no conocen el mapa. A medida que el juego avanza las civilizaciones se van conociendo. Van entablando contactos. Algunas quieren entrar en guerra pero la otra parte no quiere. Esta es otra característica de este juego. Para que la guerra empiece, ambos bandos deben querer pelear. Algunas civilizaciones abandonan el juego, retirándose a otros escenarios. Otras prefieren quedarse, permaneciendo neutrales ante todos, viviendo pacíficamente. Pero hay otras civilizaciones que entran en guerra. Algunas guerras duran poco tiempo, otras son largas. Esto depende de la gravedad del conflicto. Aunque en realidad ninguna pelea es a muerte. Todo conflicto bélico a la larga se termina, salvo contadísimas excepciones.
Cuando el juego entra en su etapa media, casi todas las civilizaciones tienen una economía bien desarrollada y cuentan con amplios recursos, que les permiten formar grandes ejércitos. Pero como cada civilización es única, hay algunas que son más débiles a tal civilización que a otra. Con esto quiero decir que cualquier civilización puede ser muy vulnerable a una a pero muy superior a otra. Y esto se nota en la estrategia que cada uno adopta. Cuando algún líder detecta que su ejército es superior al de un posible rival, y le interesa atacarlo, podrá provocarlo para que el otro declare la guerra o puede declararla él directamente.
El juego sigue avanzando, y entramos en la última y más prolongada etapa. Esta etapa es bastante peculiar, dado que las civilizaciones se conocen casi a fondo, el mapa está totalmente explorado, los ejércitos plenamente desarrollados, y siempre hay alguna guerra en alguna parte. Es decir, todos tienen sus posibilidades al máximo. Pero el problema principal de este juego radica en los líderes cobardes. Los que quieren iniciar un conflicto pero no se animan a hacerlo. Los que reciben ultimátums y los responden accediendo a la oferta rival, para no entrar en guerra, aunque esto les cueste mucho, y aunque a veces les gustaría no aceptar ese ultimátum.
Nuestra civilización viene de una cruenta guerra. Un valiente líder nos ha declarado la guerra y la aceptamos con plena confianza en nuestras tropas. Pero las cosas no salieron como habían sido planeadas. Hemos perdido en el campo de batalla y nuestras ciudades más importantes han sido sitiadas. Y sabemos que otras civilizaciones que dicen ser neutrales, han estado apoyando económicamente y con mercenarios al enemigo. Aún así, hemos salido de ese pozo acudiendo a una civilización con la que mantenemos gran intercambio comercial, y cuyos intereses se vieron afectados por este asedio que sufríamos. Nos ha ayudado y hemos podido salir de esta gran dificultad. Le estamos muy agradecidos por esa noble actitud. El enemigo se ha visto obligado a retroceder, con incalculables pérdidas. Pero nuestras bajas no han sido mucho menores.
Esta guerra terminó hace muy poco tiempo, y sus consecuencias aún se sienten en nuestra economía - inclusive nuestro ejército no se pudo recomponer todavía. Pero aún en esa situación, yo y mis generales hemos notado que un líder de otro pueblo, pueblo que conocemos bastante bien, quiere iniciar acciones bélicas. Nos ha enviado un ultimátum. Tuvimos que aceptarlo muy a nuestro pesar, ya que no podemos permitirnos otra guerra con tan poco tiempo de recuperación tras la enorme guerra anterior. Todavía no teníamos lo que nuestros generales consideran un mínimo necesario de tropas y equipamiento como para tener una chance de no volver a quedar bajo sitio de nuevo. Pero ha pasado un tiempo de aquel ultimátum. Y el líder rival ha enviado otro. Pero esta vez, los generales indican que estamos en condiciones de afrontar una nueva guerra. Y somos un pueblo belicoso. No tenemos problema en aceptar los desafíos de otros líderes, aunque tengamos más chances de perder que de ganar. De hecho muchos de los otros pueblos han visto como nos desangrábamos en la guerra anterior, y no han hecho más que disfrutar observando nuestras dificultades. Pero las piedras en el camino no nos quitarán de él. Si hemos de morir, moriremos de pie.
Ya he somos soportado suficiente. Conocemos al enemigo al igual que él nos conoce a nosotros. Es hora de atacarle. Es hora de declarar la guerra.
Rich lo ha dicho a las 1:30 a. m.
|